viernes, 8 de octubre de 2010

Sin conceptos de atención al cliente

Hace no muchos viernes, un viernes cualquiera, tal vez un viernes quincena, decidí caminar al mediodía en búsqueda de una isla llamada Pulpería de Libro Venezolano. Ya mucha, mucha gente, me la había mencionado como espacio imprescindible de visitar para cualquier adicto a los textos en Caracas, comenzando por mi amiga Carolina Salazar.

La única referencia que tenía por Carolina era: Chacaito y por la alianza francesa. Creo que mi tiempo en Caracas aún es muy corto para saber con precisión la ubicación de ciertas oficinas. Pregunté en mi trabajo y nadie sabía darme una referencia, busqué en Internet y logré atinar a la dirección exacta, una mezcla “de” “con” “cruzando” y “diagonal a”. Tercera transversal de la avenida Las Delicias con avenida Solano, en el edificio José Jesús.

Parece mentira cómo los venezolanos nos hemos convertido en una especie de sanguijuelas apretujadas al miedo. “No preguntes dirección a gente desconocida, sólo a policías o a los trabajadores del Metro”, era una de las primeras indicaciones que me dieron cuando llegué a Caracas, y la he seguido al pie de la letra. La cuestión es que no sabes con qué te puedes hallar en la calle, o a un buen hijo de su madre que te miente por una especie de instinto maligno, o tal vez un eslabón perdido de una pandilla que luego de saber tu desconcierto se aprovecha para recordarte que no estás en un país seguro.

Luego de caminar, cosa que me encanta, llegué a la Pulpería del Libro Venezolano, una especie de local que parece edificado dentro de una cueva, y dentro de ella unas divisiones enumeradas en letras como para que no perder la brújula del sitio. Es como perderse, y no tener miedo de perderse. A cada lado inmensas columnas de libros, desde abajo hacia arriba, con títulos conocidos y desconocidos, hasta cosas asombrosas. Pero toda esa magia se fue al día siguiente, el sábado, cuando volví a ir para llevar a un amigo que llegaba de Puerto Ordaz, José Gregorio Maita.

Tenía que llevarlo, él tenía que conocer ese sitio que sonaba casi imposible de existir en el país, y en mi caminar de niña alegre que va hacia el parque me hallé con una nueva regla “Se revisa la cintura al salir”, fue lo que nos dijo la señora que atendía en la caja. Ahí se me salió el oriental y mi mal carácter, no entré, sin discusión ninguna no cedí a normativa, sea por la razón que sea, así sean muchas las perdidas que haya tenido el empresario o empresaria en el negocio, pero rebasó mi paciencia como cliente ultrajado, burlado y maltratado en este país.

Es obvio que si nos cuesta un ovario, o una bola, en Venezuela decir un “buenos días”, “gracias”, “por favor”, entonces la noción de atención al cliente pasa como sermón de misa, ¡bien, gracias!; y por más que intento adaptarme a esta sociedad donde hay que hacer una lectura previa de la malicia, porque indiscutiblemente muchos quieren pasar por más vivos que otros, inevitablemente me obstina que me revisen mi bolso a la salida del local. Si señor, asómese, no se asombre si observa una toalla sanitaria, recuerde que está revisando el bolso de una mujer. ¿Es que acaso habrá un día en que pueda entrar a una tienda donde el despachador me atienda de buena gana, con una sonrisa, o el mismo caso aplica si estoy en un café o restaurante?, si, definitivamente la noción de buen servicio al cliente nos cuesta un ovario o una bola a los venezolanos.

Me quedé en la entrada, y pensando en lo que necesitaba le pregunté a una de las chicas:

- ¿Tiene el libro “Dirección Teatral” de Sergio Arrau?

- No sé, eso debe estar en la sección de teatro – respondió una de las muchachas.

- ¿Y no tienen un registro en la computadora de los libros que tienen?

- No – respondió la señora de la caja con una serenidad que me horrorizó.

Bueno, quizás en un nivel de ingenuidad mía pensé que de repente la chica tendría la amabilidad de buscarlo por mí, ya que yo me negaba a entrar al pasillo ante esa regla atroz de revisar la cintura al salir. Cuando finalmente nos fuimos del lugar quedé pensando que ojala este fuera el país donde la gente robara libros por una ansiedad de conocimiento, pero no es así, lo que se me vino a la mente es un grupo de universitarios con escaso dinero para costear sus estudios.

Me horroriza, sinceramente, ser venezolana y no sentirme identificada con esta sociedad. Una sociedad con reglas intrínsecas que escapan a mi lógica, con reglas que parecen sacadas de Jumanji, donde el comodín salvavidas es un fuerte “guapetón” que puede protegerte. ¿Pero protegerme de qué?, ¿de la ignorancia como consecuencia de no tener pautas claras para una sana convivencia?, ¿protegerme de la creatividad aplicada para “artes” callejeras?

Mis sinceras disculpas a las personas que administran la Pulpería del Libro Venezolano, pero yo no miro como empresaria, sino como cliente porque a eso voy, y como tal me enamoro de los sitios donde saben atender. Sé que no soy la única, pero es que la palabra exigir como que se fue del diccionario venezolano.

1 comentario:

Alejandro Ernesto Pravia Álvarez dijo...

COMPARTO COMPLETAMENTE TU SENTIR, HERMANA! :/
En otro ámbito... te quiero mucho! BESOS!

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