
Recuerdo cuando
tenía 16 años y estaba leyendo Frankenstein de Mary Shelley. A mí no me dio
pánico sino dolor, dolor por ese monstruo que iba de un poblado a otro buscando
comida y afecto, y era tan feo que espantaba, pero la gente no miraba su
necesidad de afecto sino su fealdad exterior.
Yo lloraba al
ver su dolor, al percibir su soledad. Le dije a mi mamá llorando “El monstruo
se siente solo”. Ella sólo atinó a preguntar “¿Por qué te sientes sola?”. Esta
pregunta la evadí por muchos años, pues era absurdo, o eso creía, sentirme
sola. Ahora es que me di cuenta de lo frío que es la compañía de los libros.
La sociedad crea
monstruos con el rechazo sin darse cuenta. Los motivos del rechazo pueden ser
variados, pero la respuesta básica a esto es la intolerancia a lo desconocido,
a aquello que nos parece no adecuado, pero que en general no se detienen a
evaluar la razón de ello.
La sociedad
alemana creó el monstruo de Hitler, y no se trata de justificar, sino de que
haya un examen interno que haga evaluar los esquemas impuestos y la viabilidad
de los mismos, que no es lo mismo el esquema de una persona de clase media, a
una persona de clase alta, a una persona de clase baja, a una familia de
profesionales o a una familia que se ha dedicado a oficios.
Entonces, la
sociedad venezolana creó a un monstruo llamado Hugo Chávez, un monstruo por el
rechazo, el menos precio, las humillaciones, la falta de solidaridad, una
sociedad clasista y que se mide por la tenencia, una sociedad enferma de
soberbia y fracturas del pasado, cuyo pasado colonial la persigue
insistentemente. Nos liberamos de los españoles pero no nos liberamos de los
prejuicios que nos dejó la madre tierra.
Estoy luchando
con mi monstruo interno, no es mi plan de vida ser un monstruo. Aún busco esa
aldea donde me reciban con comida y afecto.
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