martes, 11 de septiembre de 2012

“Un mundo feliz” o de cómo nos engañamos


Desde unos meses tengo la costumbre de hacer fichas con citas que voy tomando de los libros que leo. Le llegó el momento a la novela “Un mundo feliz” de Aldous Huxley, y desde la universidad nos la estaban recomendando, y la conseguí en oferta, cosa bien curiosa que el conocimiento y la sensibilidad se ponga en oferta, bueno, tal vez por aquello que se haga más accesible. Ojalá ese asunto se resolviera con una simple medida de mercado llamada oferta.

La novela no es fácil porque se pasea entre una especie de ciencia – ficción con algo existencialista, pareciera novela filosófica. En resumen, nos hallamos frente a un grupo de humanos que son fabricados en serie según un molde que predestina su ubicación social, con el argumento de que ello contribuye al equilibrio de la sociedad. Nos hallamos frente a sujetos que quedarán como obreros, otros como pensadores, otros como directores, pero con la salvedad que serán pocos los destinados a ser pensadores. Mientras tanto la promiscuidad forma parte de los valores y la familia como un antivalor, una especie de juego que busca evitar lazo afectivo.

Así hago mi primera ficha con la siguiente frase:

“… este es el secreto de la felicidad y la virtud: Amar lo que uno tiene que hacer. Todo condicionamiento se dirige a lograr que la gente ame su inevitable destino social.”

Una entiende el sarcasmo, le da algo de risa, es un sarcasmo ligero que lanzó el escritor. Pero luego viene la segunda ficha:

“Herencia, fecha de fertilización, grupo de Bokanovsky al que pertenecía, todos estos detalles pasaban del tubo de ensayo al frasco. Sin anonimato ya, con sus nombres a través de una abertura de la pared, hacia la sala de predestinación social”

Y entonces en este punto vas entendiendo que hay muchos hechos que parecieran prefabricados, algo así como la predestinación que lanzan los dioses en las tragedias griegas, y la lucha del protagonista por ser alguien más que un simple títere del destino. Luego llega la tercera ficha:

“- Un sólo centímetro cúbico cura diez sentimientos melancólicos - dijo el predestinador ayudante, citando una frase de sabiduria hipnopédica.”

Lo confieso, en este punto llegué a pensar en el alcohol y todas las drogas, y en una especie de pensamiento nihilista una dice para sus adentros “¡Ay no vale!, este escritor se pone pacato”. Bueno, aquello de hablar del arte pacato o no, eso quedará para otro escrito, el punto es que la novela la empiezas a sentir como una cachetada a tus patrones, tus conceptos, lo que crees hermoso, lo que mirabas como supuesto equilibrio, o sandeces de rebelde sin causa.

Pero eso no es todo, luego el autor nos plantea la dicotomía entre el mundo civilizado y el mundo que consideramos primitivo, las tribus, etnias, sus costumbres, y entonces nos hallamos con un personaje que descubre el valor de las palabras como lo hizo John, el de la tribu.

“Las extrañas palabras penetraron como un rumor en su mente; como la voz del trueno; como los tambores supieran hablar; como los hombres que cantan el canto del maíz, tan hermoso que hacía llorar; como las palabras del viejo Mitsima sobre sus plumas, sus palos tallados y sus trozos de hueso y de piedra.”

Una de las cosas que también me animó a leer esta novela es la reflexión en el prólogo que lanza el escritor:

“Grande es la verdad, pero más grande todavía, desde un punto de vista práctico, el silencio sobre la verdad”

Aquí es cuando entiendes el poder de la verdad y lo grave del silencio. Que criticar unos paradigmas no es caer en moral vetusta y carente de evolución. A todas estas, nos hallamos con una novela que inteligentemente, más allá del mensaje, mezcla con frescura los textos descriptivos y los diálogos, donde además el autor hace gala del sarcasmo, la burla, nos muestra los vicios del poder y hace una invitación a que el ser humano descubra la fortaleza de su individualidad.

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